En los últimos meses hemos oido sobre la polémica en Francia por la tala de Robles de más de doscientos años en bosques cercanos a París, los cuales el Gobierno pretende usar para reconstruir la aguja de la Catedral de Notre Dame. Eso me recordó a El Bosque. Fuera de nuestra vista, pero con la responsabilidad de haber soportado el agudo techo de la Catedral, había una estructura de madera de Roble a la que se llamaba El Bosque. Era como un ático, entre la piedra y el techo y debía su nombre al hecho que, según se había calculado, se habrían usado más de mil trescientos árboles en su construcción. Veinte y algo hectáreas de árboles. Tan antiguas eran las vigas -algunas provenientes de árboles talados entre los años 1100 y 1200- que se piensa que el incendio de la Catedral partió en ese lugar, siendo imposible evitar que la madera que se estuvo secando por siglos ardiera sin control.
Por eso me acordé de Oak, The Frame of Civilization, otro libro sobre el cual he querido escribir por mucho tiempo. Lo terminé hace ya casi un año. De hecho hace un año justo estaba leyéndolo, mientras miraba por la ventana como el Otoño avanzaba y yo no podía ir a recoger bellotas como todos los años. Lo encontré esa tarde que nos escapamos después de la última exposición del Chile California Conservation Exchange a Point Reyes Station, para alcanzar a llegar antes que cerrara nuestro Templo de la Perdición: Point Reyes Books. Que dicho sea de paso, ya habíamos visitado unos días antes, por si no teníamos el tiempo para volver. Pero esa tarde, haber ido con un grupo de amantes de la Naturaleza, fundadores de ONGs y ecoñoños varios a una de mis librerías favoritas, es uno de los mejores recuerdos que tengo del último viaje que pudimos hacer antes de la Pandemia.
Oak fue escrito por William Bryant Logan, un arborista, escritor de Naturaleza con varios libros y premios en el cuerpo y -lo mejor- dueño de una firma que se dedica al cuidado de la salud de los árboles de NY. Este doctor de árboles lleva treinta años trabajando con ellos y estudiando la relación entre las personas y los árboles. Oak es un libro hermoso. Es un homenaje, obviamente, al Roble y una historia de la humanidad contada desde su relación con este árbol fascinante, majestuoso, generoso y capaz de haberse adaptado a todo terreno y clima en el hemisferio Norte. Uno se olvida de que una vez la madera constituyó la mayor parte de la riqueza de tribus y pueblos. Impresiona leer que desde que se retiraron los glaciares y los hombres comenzaron a establecerse y construir, hemos visto dos versiones del mundo: la de madera y la de carbón y petróleo. La primera duró doce a quince milenios. La segunda lleva apenas unos cientos de años. En la mayor parte del mundo templado, el Roble es el árbol principal del bosque. En algunos idiomas, el nombre del Roble es el mismo que para los árboles en general. Hay una cantidad impresionante de apellidos que derivan del Roble. Es gracias al Roble que los hombres aprendieron la silvicultura. Y una vez que aparecieron las herramientas de bronce y hierro, el Roble fue el árbol más amistoso para partir y tallar. Tan flexible como firme. Logan estudió la distribución de los Robles a través de la historia y se dio cuenta que la distribución de estos ha sido coincidente con el desarrollo de civilizaciones establecidas en Asia, Europa y Norteamérica. Y dice que aunque resultaría imprudente afirmar que la existencia de Robles en tales lugares fuese una condicionante de tales civilizaciones, uno podría pensar que donde hay o ha habido ciudades y culturas que han modelado el mundo moderno, ha habido Robles. Del Roble se alimentaron generaciones y generaciones de seres humanos. Sí, por mas que hoy día solo los chanchos y las ardillas coman bellotas, ellas fueron la base de la alimentación humana alguna vez. Y todavía se siguen comiendo en Europa y Asia. También del Roble se hicieron todos los objetos y estructuras que el hombre necesitó para avanzar en la historia. Desde la rueda, pasando por los barcos vikingos, hasta enormes buques de guerra. Con madera de Roble se construyeron redes de carreteras en lo que hoy es Gran Bretaña, cercos, galpones, casas, iglesias y, por supuesto, las estructuras de soporte de las catedrales góticas. También la tinta y el cuero se hacían con productos obtenidos del Roble.
Es interesante que el árbol del que habla el libro es el de la familia Quercus. El que en Chile muchas veces se llama Encina, pero que tampoco es la Encina. El árbol que solemos ver es el Quercus Robur, con sus hojas lobuladas y no el Quércus Ilex, que en España se suele llamar Encina y que no tiene hojas lobuladas aunque sí bellotas. Tampoco hay que confundirlo con el Roble Chileno, que en realidad no es un Roble, sino un miembro de una familia completamente distinta, la Nothofagus o falsas hayas, o Hayas del Sur, a la que también pertenecen nuestros hermosos Raulíes, Coigües, Ñirres y Lengas. Pero aún no siendo nativo, es un árbol muy presente en el campo chileno, en los parques de los antiguos fundos, en las calles de Santiago y en muchas casas viejas, de grandes jardines. Yo desde muy chica he sentido una fascinación loca por este árbol. Amo como sus hojas de un verde intenso filtran el sol y nos cubren con una sombra verdosa, pacífica y fresca. Amo las bellotas en el Otoño, con sus sombreritos y sus colores café. Nosotros nos llenamos los bolsillos cuando las encontramos botadas en la calle. Un año tuvimos un cajón-vivero con arbolitos que nacieron de bellotas que trajimos de Las Trancas. Y actualmente tenemos dos en el jardín, de bellotas recogidas en una calle de San Damián hace unos tres o cuatro años. De verdad, si alguien quiere aprender sobre cómo los hombres hemos atravesado la historia en conexión con la Naturaleza hay que leer Oak. Es una hermosa crónica de una dependencia y una unión que se perdió con el estallido industrial. Logan dice que en el Roble uno puede observar una serie de características: diversidad, tenacidad, cooperación, flexibilidad, prudencia, persistencia, comunidad y generosidad. Es verdad que ya no vivimos en un mundo de madera. Pero yo creo que todavía tenemos que seguir mirando a los árboles y aprendiendo de ellos.
