Hace unos años llegué a California, donde me esperaba un regalo hermoso: The Hidden Life of Trees, de Peter Wohlleben. Más allá de los títulos académicos y técnicos, Wohlleben es un contador de cuentos. Observa, busca tesoros y devela misterios, para compartirlos con la gente común y corriente. Es un bestseller, cuyos libros se editan, curiosamente, en una categoría llamada Espiritualidad y Vida Interior, de Ediciones Obelisco. Como el mismo dice, al parecer su estilo narrativo es considerado poco científico, a pesar que todo lo que escribe se basa en hechos y en datos comprobables. No descarto que los científicos que no pueden desprenderse de su personaje en delantal blanco sean quienes le tiran tomates de pura envidia. A mí poco me importa su categorización porque el Señor Guardabosques escribe exactamente como a mí me gusta aprender: relacionando hechos, buscando en la historia, indagando en la ciencia y mezclándolo todo. Se me imagina como uno de esos antiguos naturalistas que recolectaban datos y los iban anotando y compartiendo, en esos tiempos en que no era necesario ser un especialista ni un erudito ni un doctor para hablar de un tema con propiedad.
Cuando leo a Wohlleben, veo a un hombre que puede dedicarse con calma a su oficio, desde una casa calentita y con todo lo que necesita. Puede mantener a una familia con él, en el bosque que guarda. Y me puse a pensar. Hace más de veinte años pisé por primera vez un Parque Nacional chileno: el maravilloso Conguillío. Acampé en Captrén, el camping más lindo que tuvo el parque alguna vez. No había ducha y el baño era obviamente una letrina con una llave de agua gélida. A quién podría importarle, cuando te dormías y amanecías en medio de un bosque de Araucarias y a metros de una laguna llena de árboles fantasmas, sepultados en el agua. Cuando vi las instalaciones para los guardaparques me llamó la atención su sencillez. Por no decir pobreza. Unos días después acampé en el Parque Nacional Huerquehue, otro de mis favoritos de la vida, donde la infraestructura de los guardaparques era aún más precaria que la de los de Conguillío. Bastó cruzar la cordillera para morir aún más. Las casas de los guardaparques que vi eran lindas, de piedra y madera, con chimeneas, acogedoras, para pasar esos inviernos nevados y oscuros en la montaña. Sentí pena e impotencia por nuestros guardaparques, Esos hombres - y ahora también- mujeres, que se hacen cargo de nuestros tesoros naturales por puro amor a ellos. En los años siguientes he seguido siempre visitando parques nacionales, chilenos y extranjeros. Hay mejoras en los nuestros, pero falta mucho todavía.
Después de The Hidden Life of Trees leí La Vida Interior de los Animales, un libro muy lindo en que narra historias de animales de granja y del bosque. Historias sobre amor maternal, valentía, gratitud, engaño, vergüenza, tristeza, luto, juego. Hace poco terminé El Vínculo Secreto entre el Hombre y la Naturaleza, su último libro. En él cuenta diferentes historias, todas entrelazadas por el cómo nos estamos relacionado (o no relacionando) como especie, con la Naturaleza. Wollheben dice que si vamos más al bosque podríamos recuperar capacidades de nuestros sentidos que están dormidas. El piensa que como humanos no hemos perdido las habilidades que traemos en los genes para relacionarnos con el bosque. Varios capítulos de su último libro tratan sobre eso. Habla sobre la fascinación del hombre por el fuego y como hay estudios que parecerían demostrar que en algún momento los humanos mutamos genéticamente para que el humo que respiramos por siglos de siglos no nos hiciera tanto daño. De Wohlleben aprendí con desilusión total que en Europa no quedan bosques vírgenes; que sobreviven muy pocos árboles realmente antiguos, es decir, de quinientos o más años, no podía creerlo. Es decir, uno sabe qué las Islas Británicas estaban llenas de bosques, así como otras zonas qué hoy se parecen a nuestro paisaje patagónico, pero que esos hermosos bosques de Hayas, Abedules y coníferas que uno ve cuando viaja en tren por Europa sean bosques jóvenes, no lo sabía. Pensé en lo afortunados que somos. No sólo tenemos bosques milenarios de verdad, árboles como el Alerce Milenario del Parque Nacional Alerce Andino o la Araucaria Madre del Conguillío, sino que además muchos gozan de protección pública o privada que garantiza que no serán tocados.
A mí me gustaría que tuviéramos guardabosques cuentacuentos en Chile. Cuentos e historias deben haber por miles. Personas apasionadas, dedicadas, sacrificadas y sabias que puedan contarlas claramente las hay. Me gustaría escribir un libro con ellos. Pero lo que más me gustaría es que todos los niños de Chile tuvieran un ramo obligatorio en el colegio en que se les enseñara de nuestro patrimonio natural. Que aprendieran a conocer los árboles, las flores, las aves y los animales nativos. Que los llevaran al bosque, a las montañas y al mar. A escuchar y avistar aves. A caminar en silencio por senderos de bosques y selvas. Los seres humanos estamos absolutamente ligados a la Tierra. Por más que nos creamos modernos y sofisticados. Por más que la ignoremos y nos hagamos creer a nosotros mismos que la dominamos o que ella está a nuestro servicio. Por eso los libros del Señor Guardabosques son invaluables para nunca olvidarnos de lo que realmente somos y de dónde venimos.