Hace muchos años, cuando aún existían las tiendas de arriendo de vídeos, un trío de profesoras de un colegio de mi barrio se acercó a una muralla cubierta de copias de La Brújula Dorada de Philip Pullman. “Esta es la película que está prohibida”, dijo una. “Si, nos dijeron que no hay que verla” dijo otra. Lo que me impresionó fue la convicción con que hablaron. Yo creo que no se les habría ocurrido desobedecer.
Habiendo sido educada en el catolicismo, más de una vez en mi vida tuve problemas con los dogmas, con la censura y con que me dirigieran la cabeza. No me acomodaba toda esa cosa tan seria y tan aversa a la celebración, a la alegría y al placer. Es cierto que tuve una época muy pía, pero eso fue por haberme tragado a Tomas de Aquino en Derecho UC. Mi piedad se fue extinguiendo a medida que la vida se fue haciendo de verdad. A medida que hubo más qué perder. Años más tarde, leí al fantástico Hans Kuhn, sacerdote alemán y némesis del entonces cardenal Ratzinger. Kuhn escribió La Iglesia Católica, un libro cortito, que todos deberíamos leer, porque es en realidad un libro de historia. Desde su excomunión, por sus ideas vanguardistas y contrarias a un numero de verdades tan intocables como cuestionables, Kuhn se refiere a la Iglesia con un enorme respeto, con seriedad y con un apego inmenso al verdadero propósito del mensaje de Jesús.
La Edad de la Penumbra es un libro muy bien documentado, que cuenta la historia de lo que sucedió con el conocimiento clásico y en especial con la filosofía, luego de que Constantino “abrazara” el cristianismo. Cuenta como todo lo pagano se etiquetó de demoníaco y se procedió a borrarlo del mapa. No hubo más risas fuertes, no hubo más espontaneidad. No hubo más festivales ni celebraciones con borracheras. No más sexo por placer, por cierto. No más conexión con los ciclos de la naturaleza ni divinidad femenina. Por el contrario, la mujer fue investida solemnemente como la culpable de todos los pecados, errores y malas decisiones de los hombres. Había que mortificar el cuerpo y ojalá morir a lo mártir. Es un libro que duele, pero que enseña. Y advierte. No es en absoluto un ataque a la fe cristiana. Pero se hace cargo de hacer saber que las cosas no son como se nos han pintado. Muchos santos no existieron, muchas historias son mentiras o tergiversaciones convenientes a los propósitos de los líderes religiosos. En un momento, grupos cristianos agresivos e intolerantes generaron un fanatismo que se volvió peligrosamente conveniente a obispos y emperadores.
Es un hecho conocido, probado y documentado que el cristianismo borró la mayor parte de la herencia clásica y su valor para los hombres. A veces solos o en alianza con políticos y emperadores, los cristianos barrieron con templos y obras de arte. Las estatuas de dioses y diosas fueron descabezadas y mutiladas y les tallaron toscas cruces en sus frentes. Se les consideró ídolos, en el sentido bíblico antiguo. Se calcula que el noventa por ciento de las obras escritas clásicas se perdió. Se persiguió a quienes pensaban distinto. A los filósofos, símbolos del libre pensamiento. Esos inútiles tipos que discutían y discutían sin llegar jamás a una única verdad. Se castigó a los dueños de libros. Se destruyeron y quemaron pergaminos y libros de un valor incalculable. Yo no pude evitar pensar en El Nombre De la Rosa y El Incendio de Alejandría. En el mismo La Memoria Vegetal de Eco, que leí hace unas semanas y que toca el amor por los libros. Porque después de todo, los buenos libros son los que mueven a nuestra mente a ir más allá y nos hacen expandir nuestros horizontes. Yo desde muy chica leí libros que no debía. Tenía una curiosidad enorme y en la casa de mis abuelos había un mueble con muchos libros y nadie me prohibía nada. Mis niños aprendieron ciertas cosas desde mucho antes que el colegio se las enseñara. Y nunca hubo restricción a ninguno de los libros que hay en la casa. Como yo lo veo, la prohibición de un libro, película o lo que sea, venga de donde venga, siempre será una intervención en nuestra libertad. Y un insulto a nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos. Este libro lo confirma. Los siglos de la Edad Media constituyeron un triste estancamiento del pensamiento occidental. Toda cultura que intenta dominar o hacer desaparecer a las otras termina produciendo un estancamiento. Lo triste es que como especie, parece que aún no aprendemos.

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